La Biblia en Español Sencillo 2026
Mateo 20
Porque el reino de los cielos es semejante a un dueño de casa que salió muy temprano para contratar obreros para su viña.
Después de ponerse de acuerdo con los obreros en pagarles un denario por el día, los envió a su viña.
Salió cerca de la hora tercera, y vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo.
Les dijo: Vayan también ustedes a mi viña, y les pagaré lo justo. Y ellos fueron.
Volvió a salir cerca de la hora sexta y de la hora novena, e hizo lo mismo.
Cerca de la hora undécima salió y encontró a otros que estaban sin trabajo. Les dijo: ¿Por qué han estado aquí todo el día sin trabajar?
Ellos le respondieron: Porque nadie nos ha contratado. Él les dijo: Vayan también ustedes a la viña.
Cuando llegó la tarde, el dueño de la viña dijo a su encargado: Llama a los obreros y págales su salario, empezando por los últimos hasta llegar a los primeros.
Cuando llegaron los que habían sido contratados cerca de la hora undécima, cada uno recibió un denario.
Al venir los primeros, pensaron que recibirían más; pero ellos también recibieron un denario cada uno.
Al recibirlo, murmuraban contra el dueño de la casa,
diciendo: Estos últimos trabajaron solo una hora, y los has tratado igual que a nosotros, que hemos soportado el peso del día y el calor.
Pero él respondió a uno de ellos: Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No te pusiste de acuerdo conmigo por un denario?
Toma lo que es tuyo y vete. Yo quiero darle a este último lo mismo que a ti.
¿No tengo derecho de hacer lo que quiero con lo mío? ¿O tienes envidia porque soy bueno?
Así, los últimos serán primeros, y los primeros serán últimos; porque muchos son llamados, pero pocos escogidos.
Mientras Jesús subía a Jerusalén, tomó aparte a los doce discípulos y les dijo en el camino:
Miren, subimos a Jerusalén. El Hijo del Hombre será entregado a los principales sacerdotes y a los escribas, y ellos lo condenarán a muerte.
Lo entregarán a los gentiles para que se burlen de él, lo azoten y lo crucifiquen; pero al tercer día resucitará.
Entonces se acercó a Jesús la madre de los hijos de Zebedeo, con sus hijos. Se postró ante él para pedirle algo.
Jesús le dijo: ¿Qué quieres? Ella respondió: Ordena que en tu reino estos dos hijos míos se sienten uno a tu derecha y el otro a tu izquierda.
Pero Jesús respondió: Ustedes no saben lo que piden. ¿Pueden beber la copa que yo voy a beber, y ser bautizados con el bautismo con que yo soy bautizado? Ellos le dijeron: Podemos.
Él les dijo: En verdad beberán de mi copa, y serán bautizados con el bautismo con que yo soy bautizado; pero sentarse a mi derecha y a mi izquierda no me toca a mí darlo, sino que es para aquellos para quienes mi Padre lo ha preparado.
Cuando los otros diez oyeron esto, se enojaron contra los dos hermanos.
Pero Jesús los llamó y dijo: Ustedes saben que los gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas, y los grandes ejercen autoridad sobre ellas.
Pero entre ustedes no será así. Al contrario, el que quiera hacerse grande entre ustedes deberá ser su servidor.
Y el que quiera ser el primero entre ustedes deberá ser su siervo,
así como el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos.
Al salir ellos de Jericó, mucha gente lo siguió.
Dos ciegos estaban sentados junto al camino. Cuando oyeron que Jesús pasaba, gritaron: ¡Señor, Hijo de David, ten misericordia de nosotros!
La gente los reprendía para que se callaran, pero ellos gritaban aún más fuerte: ¡Señor, Hijo de David, ten misericordia de nosotros!
Jesús se detuvo, los llamó y dijo: ¿Qué quieren que haga por ustedes?
Ellos le dijeron: Señor, que nuestros ojos sean abiertos.
Jesús, movido a compasión, les tocó los ojos. Enseguida recibieron la vista y lo siguieron.
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